Así empieza casi siempre. Se emite una factura en el programa que tenía la gestoría cuando arrancaste. Los clientes se apuntan en un Excel porque el primer CRM pareció caro. Los gastos de los comerciales se gestionan por WhatsApp porque «ya los organizamos a fin de mes». Las firmas van por DocuSign o se imprimen y escanean. Los proyectos los llevas en Trello, en un Notion o en la cabeza. Cada herramienta resolvió un problema puntual y ahí se quedó, porque cambiar era un lío.
El resultado es conocido: datos duplicados en cuatro sitios, un cliente nuevo que hay que dar de alta en tres programas, una factura que se paga y proyectos no se entera, un contrato que se firma y acaba perdido en un Drive. Cuando llega un empleado nuevo, la bienvenida es «apúntate estas cinco contraseñas». Cuando llega una inspección, la foto de la empresa está repartida en tantos sitios que ni tú misma sabes dónde está. No pasa nada hasta que pasa, y cuando pasa, es caro.
No estás mal gestionando tu empresa. Estás gestionando con las herramientas que tenías a mano cuando surgió cada problema. La pregunta es si hoy ya merece la pena dar un paso.